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Teatro Juárez
Teatro Juárez
El Teatro Juárez de Guanajuato Joya Arquitectónica del Porfiriato


Con el corazón mismo del organismo urbano, el Teatro Juárez es un edificio significativo, es punto de referencia para los habitantes de la ciudad y también para los visitantes. Desde su inauguración, en el año de 1903, ha sido el centro y la sede de las manifestaciones artísticas mas importantes de la ciudad de Guanajuato y su entorno regional. Después de mas de noventa años de concluida su construcción, el majestuoso teatro todavía se yergue orgulloso, mostrándose a propios y extraños como fiel custodio y paradigma urbano de esta ciudad.
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El edificio hubo de levantarse en un predio en el que siglos antes se había edificado el primer convento de franciscanos descalzos o dieguinos; La fundación de la que sólo han sobrevivido el barroco templo de San Diego y las capillas anexas del Santo Cristo de Burgos y de la Inmaculada Concepción. En esas épocas en que los murmullos de los muros centenarios eran casi ignorados, los intereses económicos no menos crueles que los picos demoledores ocultaron en el (último tercio del siglo XIX todo vestigio del antiguo claustro para albergar el nuevo hotel Emporio, que prestó servicios a la población hasta el año de 1872, cuando fue adquirido por el gobierno del estado, bajo la administración de Florencio Antillón, a efecto de levantar en ese sitio un nuevo teatro, ya que el viejo coliseo de la subida a la plazuela de Mexiamora resultaba a todas luces insuficiente y mas años después del terrible incendio que en 1921 construiría totalmente el antiguo local; edificio que fungió como sede de las representaciones dramáticas y de entretenimiento a lo largo de 133 años en la ciudad de Guanajuato.

La terrible agresión que sufrió el patrimonio cultural edificado de la ciudad con la fundación del hotel Emporio sobre los restos del primitivo convento dieguino fue parcialmente redimida cuando se decidió que en el arrasado lugar fuera construido un nuevo teatro, que se convertiría en el orgullo de los gobiernos locales del porfiriato.

Al igual que en el resto de nuestro país, el siglo XIX se prolongó en Guanajuato hasta la primera decena de la siguiente centuria, bajo las administraciones estatales fieles al régimen de Porfirio Díaz. En ese entonces, la ascendente burguesía nacional forjada a lo largo de los años anteriores deseaba verse y ser vista, no solamente para formar parte del espectáculo sino para convertirse además en reflejo de si misma: opulenta, rica y próspera, gozosa de la paz porfiriana proclamada por el régimen y mantenida a costa de endebles sustentos. Esta nueva sociedad identificó al teatro como el centro primordial del encuentro social, señalando al recinto como el sitio en el que podían establecerse los vínculos necesarios para la integración y diferenciación de las correspondientes esferas socioeconómicas. El nuevo teatro de Guanajuato sería un espacio idóneo donde podrían satisfacerse esas condicionantes sociales, así como la creciente demanda de espectáculos artísticos tanto nacionales como europeos; entre ellos, los que tuvieron origen francés eran los predilectos de los espectadores.

El teatro habría de volverse una apreciada realidad cuando se llamó a los mejores artistas de la nación para elaborar el proyecto arquitectónico y sus complementos ornamentales. José María Noriega lo soñó imponente, trazando un espléndido pórtico clasicista que seria el reflejo de la opulencia guanajuatense del porfiriato.

Años mas tarde Antonio Rivas Mercado modificó el diseño original eliminando algunas columnas del pórtico, y, finalmente, con la colaboración de Alberto Malo y muchos otros, lo terminó después de 31 años de haberse iniciado la empresa. Desde entonces el pueblo de Guanajuato empezó a olvidar la profunda herida que causó la desaparición del viejo convento dieguino y comenzó a sentirse orgullosa del nuevo teatro, resignándose a que el otro terreno sagrado fuera utilizado en adelante por otro templo, sólo que ahora consagrado a la apreciación de las artes y de la cultura.

Aunque el Teatro Juárez se inauguró en los tiempos de esplendor de la ciudad, también sufrió con ella sus malas épocas, tales como la terrible inundación que asoló el asentamiento en 1905 y sobretodo los estragos que ocasionó en la economía la revolución armada de 1910. Después del movimiento guerrero, la ciudad se empobreció cuando sus habitantes perdieron las fuentes de trabajo, emigrando a otros sitios más prósperos y abandonando no sólo sus casas sino también cada una de las historias particulares que les ligaban con el terruño guanajuatense.

No obstante este periodo de crisis, el edificio resistió los embates de la modernidad, sufriendo resignadamente un paulatino y constante deterioro, llegando incluso a soportar el vergonzoso agravio de haber sido convertido en salón cinematográfico cuando en nuestro país se instaló el auge de postguerra que exhibía cintas comerciales carentes de calidad artística.

Finalmente el teatro resurgió, no como el ave fénix de sus cenizas, sino de su propia estructura, de sus muros y sus espacios, de sus elementos arquitectónicos y de su decoración ornamental; para que ahora, después de haber sufrido varias restauraciones, podamos apreciarlo con toda la dignidad que el eclecticismo decimonónico le confirió.

Para un arquitecto académico del siglo XIX, definir los ejes principales del edificio no debió ser trabajo fácil; en Guanajuato la fachada principal no seria el remate de un gran bulevar, ni tendría una amplia plaza en el frente que permitiera un convenientemente abierto ángulo de visión; por el contrario, la particular traza urbana de la ciudad le imponía restricciones de muy difícil solución, específicamente evidentes en el estrecho predio designado para su construcción, en el que debían ser atendidas las características propias de la funcionalidad.

Obligado por estas condicionantes, José Noriega concibió un pórtico grandioso donde elevó el nivel del acceso del futuro monumento, alineando las escalinatas con el paramento de la calle de Sopeña y con el pequeño atrio que resguardaba el templo de San Diego. Ajustó las dimensiones del inmueble para librar dos callejuelas laterales en las que dispuso las indispensables salidas de emergencia y algunas áreas de servicios. El muro testero del escenario, curvado para albergar la ambientación, dejó sólo un mínimo espacio entre el edificio y las laderas del cerro de San Miguel para contener la pequeña plaza de La Constancia, por medio de la que se da acceso a las viviendas empotradas en la escarpada pendiente de la colina, donde alguna vez se ubicó el brumoso y sombrío huerto de los frailes dieguinos.

Las tendencias académicas estuvieron presentes en el proyecto original de Noriega, donde se previeron columnas de inspiración clasicista y varios elementos arquitectónicos acordes con dicha solución. Sin embargo, en la propuesta de terminación de Rivas Mercado el eclecticismo fue la corriente dominante, al conservar el soberbio pórtico que dio carácter al edificio, mezclando a un mismo tiempo en el resto de las formas arquitectónicas externas un gran número de manifestaciones artísticas que señalan una nueva y muy simple tradición volumétrica. Esta circunstancia es tan notable en la morfología general del inmueble, que las fachadas laterales palidecen ante la riqueza formal y plástica del pórtico del acceso principal.

El teatro de la Opera de Paris se tomó como paradigma de este género de edificios, siguiéndose el modelo impuesto por Garnier en el último tercio del siglo XIX para el diseño de los inmuebles que debieran desarrollar aspectos de mecánica teatral. El modelo funcionó bien de manera general en las construcciones que le hicieron eco, sólo que en Guanajuato se realizaron algunas modificaciones que responden a las condicionantes particulares del sitio de su levantamiento. Por esta razón, sobre el foyer principal no se propuso una bóveda como la parisina, sino una amplia cubierta piramidal de acero y vidriería, que resultó más acorde con la tipología guanajuatense, así como con el nuevo orden y con la economía de la época; posiblemente sea por esta última razón que las fachadas laterales y la posterior sean sensiblemente austeras, tan dispares con la portada principal.

La envolvente general de la planta puede captarse desde el exterior, destacándose tres volúmenes claramente diferenciados: el frontal con el pórtico ecléctico, el medio rectangular que incluye el vestíbulo y el foyer, y finalmente un tercero que acusa mayor altura para la sala de espectáculos y enfatiza con su muro semicircular el espacio destinado al escenario, así como la doble altura de su tramoya.

No obstante que el edificio del teatro se levantó como una intrusión arquitectónica importante en el entramado urbano de la población, el diseño del teatro fue realizado con gran acierto, ya que su escala y proporción con el resto de los edificios colindantes han sido logradas de excelente manera, integrándose fácilmente en la unidad arquitectónica de la calle Sopeña, a pesar de las extravagancias eclécticas de que hace alarde su espléndido pórtico, así como de la presencia constante de su trascendental vecino y rival plástico: el templo de San Diego de Alcalá, testigo incomparable del esplendor final del barroco de la ciudad de Guanajuato.

El pórtico del Teatro Juárez es sin lugar a dudas el espacio mas representativo del inmueble. Basta con dar una mirada a sus elementos para comprobar que es también uno de los ámbitos con mas vida dentro del contexto urbano inmediato. Sus amplias graderías y su magnífica columnata rebosan de actividad no sólo durante las representaciones artísticas del teatro, sino también durante cada una de las tardes de todas las estaciones, cuando son visitadas por cientos de personas que las utilizan como punto de reunión social y convivencia, dotándolas de una bulliciosa y alegre vida que no pudo haber sido imaginada por sus diseñadores originales.

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Una descripción publicada en 1903 para la inauguración del edificio, denomina el estilo del pórtico como renacimiento moderno, lo que se debe mas a una comprensible euforia local por magnificar el inmueble que al análisis detenido de los elementos formales que se incluyeron en su edificación. Sin temor a equivocarse es posible decir que el pórtico se ha convertido en el espacio mas representativo del teatro, donde conviven armónicamente varios elementos de diversas corrientes arquitectónicas y artísticas, conformando un estilo particular dentro del eclecticismo de los últimos años del siglo XIX.

Cuando en 1872 José Noriega elaboró el proyecto original por disposición del general Florencio Antillón, el pórtico se planeó para contener siete intercolumnios, ya que los extremos habrían de rematarse con columnas pareadas; no obstante, al retomar Rivas Mercado la obra inconclusa hubo de eliminar las dos columnas de los extremos así como el remate original que mostraba una gran cartela decorada con esculturas, conservando únicamente la balaustrada de inspiración renacentista y las esculturas de las musas; en resumen, de las dieciséis columnas proyectadas originalmente solo se construyeron doce, eliminando de la misma manera una bóveda de bajo peralte que habría de construirse en esos espacios.

En la actualidad el acceso al pórtico se realiza al subir dos tramos de escalinata flanqueados por grandes faroles de bronce y cristal, mientras que el descanso esta limitado por dos pedestales con sendas esculturas de bronce que representan leones sedentes, realizadas en el taller del afamado escultor porfirista Jesús Contreras. La iluminación artificial del espacio se complementa con dos luminarias iguales y con ocho farolas más que presentan menores dimensiones.

Las altas columnas del pórtico fueron realizadas con tambores tallados en cuartón o cantera verde, cuyos fustes estriados culminan con capiteles de bronce que han renunciado a los órdenes clásicos para presentar elementos atípicos como liras y grutescos. El eclecticismo de este conjunto de elementos contrasta magistralmente con la severa balaustrada de cantera que corre de manera lateral por la superficie del pórtico y enmarca todo el acceso.

Sobre las columnas del recinto descansa un arquitrabe que simula cantera, que a su vez sostiene el friso ornamentado con guirnaldas y mascarones de bronce donde en letras del mismo material se leen el nombre y el género del edificio. De la misma manera, coronando todo el conjunto arquitectónico corre por el perímetro una balaustrada de bronce entre pedestales de cantería, donde se han colocado sendas estatuas de bronce que representan a ocho de las nueve musas de la mitología griega.

Finalmente, el plafón del pórtico presenta finos artesonados hechos con molduras y laminados troquelados, formando un tipo específico de recubrimiento metálico que fue profusamente utilizado en la primera década del siglo XX, como puede verse en lambrines y puertas del palacio construido en la esquina de la Plaza de la Paz y el callejón de la Condesa.

El pórtico del teatro está adosado al volumen contiguo que es ocupado por el vestíbulo y los servicios en la planta baja, así como por el foyer y los salones fumadores en la planta alta; formando de este modo una fachada interior que consta de dos niveles sobre los que se abren siete vanos en cada uno de ellos: en la planta baja se articulan cinco grandes puertas y dos balcones, mientras que en la alta se dispusieron únicamente ventanas.

Los extremos de esta fachada interior se han rematado con sendos frontones triangulares donde pueden leerse los géneros literarios de comedia y tragedia, lo que complementa el carácter teatral del monumento.

Es particularmente digno de mencionarse que una de las grandes desventajas que ofreció el predio a los diseñadores fue la extrema cercanía de las construcciones vecinas, dificultad que fue aprovechada por los proyectistas de modo que el pórtico de acceso ofreciera la apariencia de poseer mayores dimensiones y monumentalidad con respecto de las que en la realidad tiene el inmueble.

En los alzados laterales del proyecto original de Noriega puede observarse una cúpula baja articulada por una ornamentación realizada con base en pilastras que enmarcan un gran número de vanos balcones y puertas, conformadas en un material que parece ser mármol finamente trabajado.

Es posible que cuando se retomó la construcción del edificio, se hayan reducido los alcances del primer diseño, en atención a la menor disponibilidad de recursos, sustituyéndose algunos de los materiales para utilizar las canteras de la región, construyéndose un teatro con marcado sabor provinciano y no un lujoso palacio que ostentara elegantes mármoles en pisos, recubrimientos y esculturas.

Las fachadas laterales acusan una sobriedad excesiva, particularmente notable en los sencillos enmarcamientos de puertas y ventanas redondeados en sus vértices, circunstancia que permite reconocer una constante tipológica en las obras de Noriega.

Cerrando el espacio del pórtico se ha dispuesto la fachada interior del teatro que conduce al espléndido vestíbulo a través de varias puertas de correcta proporción, realizadas en finas maderas con cristales biselados. El espacio recibe al visitante con un bello pasillo limitado por pilares cubierto por un interesante plafón que muestra un alto grado de riqueza en su trabajo y conformación; en tanto que el piso esta formado por losas de cantera verde cortadas en octágonos e insertados con secciones de piedra de otros colores. A ambos lados de este pasillo se dispusieron dos vanos que muestran estupendos canceles de carpintería y enrejados de hierro que custodian dos pequeños espacios anexos en donde se ubicaron desde su fundación la taquilla y la oficina de contabilidad o contaduría.

Finalmente, este espacio receptor se encuentra ornamentado por dos grandes nichos ubicados entre las puertas de acceso, donde además se aprecian sendas esculturas de bronce que representan jóvenes mancebos, que con el tiempo han sido identificados como los pajes.

Contiguo al recibidor se ha dispuesto el espacio del vestíbulo propiamente dicho, que es también el ámbito inferior del foyer del inmueble. Este espacio articula su conformación por medio de cuatro grupos de columnas de cantera verde, compuestas por tres elementos cada uno de ellos, que sostienen la cubierta del vestíbulo, realizada por medio de una interesantísima estructura de acero y prismáticos de cristal, que permite el paso de la luz que llega desde el domo del segundo nivel a través del referido foyer. Sin duda es posible decir que el ámbito vestibular es uno de los logros de mayor calidad en la disposición de los espacios arquitectónicos del teatro de Guanajuato.

La corriente artística conocida como eclecticismo fue una etapa de transición en la que los artistas se lanzaron a la búsqueda de nuevas propuestas, siendo la originalidad una de sus características principales; por tal razón, y después de haber transcurrido casi cien años de su fundación, el vestíbulo del Teatro Juárez todavía hoy nos sorprende con su insólita combinación de materiales que no solo tiende a la modernidad, sino que conserva su dignidad académica al no querer despojarse de las influencias estilísticas precedentes y contemporáneas.

Conformada en uno de los espacios rectangulares que confinan los paños laterales del vestíbulo del teatro, se dispuso una de las mas logradas obras de ebanistería con que cuenta el inmueble. La cantina sigue siendo hasta ahora un agradable espacio destinado a los espectadores que prefieren un sitio menos concurrido que el foyer para establecer o reforzar los lazos de relación social, sin olvidar el imprescindible consumo de bebidas, que facilita dicha convivencia entre las personas. Aunque es cierto que en su origen la cantina estuvo reservada a los asistentes de sexo masculino, ahora, librada de discriminaciones que resultarían anacrónicas, puede ser admirada y apreciada en toda su belleza por todos los asistentes a las funciones artísticas.

Separada del vestíbulo por un par de columnas toscanas de cantera verde, muestra además varios canceles de madera con cristales franceses que aíslan el espacio privado del público para impedir la mezcla de sonidos y de personajes. El interior del recinto cuenta con un excelente mobiliario de madera labrada, formado por barra, contrabarra, estanteria y alacenas, realizadas con el mismo material y articuladas por espejos y cristalería inserta en la estructura de madera.

En el espacio rectangular que se encuentra opuesto al ámbito de la cantina, es decir, en el costado recíproco del vestíbulo, se localiza la gran escalera de honor que comunica este último espacio con el foyer de la planta superior. La estructura de la escalera esta hecha completamente de acero, tanto peldaños y peraltes como descansos y balaustradas. El elemento se desarrolla desde una gran rampa central, compuesta de dieciséis escalones, que terminan en un primer descanso desde el que parten en direcciones contrarias dos escalas mas, formadas por seis peldaños que concluyen su ascenso en sendos descansos donde se aprecian dos espléndidas esculturas de mármol conocidas popularmente como las odaliscas, pero que son en realidad dos representaciones alegóricas de la danza y la música.